Lo bueno… Lo malo…

Por Mariano Quintal Yam
Mala es la muerte para todos, aunque algunos piensan que después de ella hay una vida mejor para el alma, que deja sus vínculos terrenales, para irse a disfrutar y desvelar los secretos del arcano.
Malo acaso haya sido que Miguel Ángel, Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni, haya fallecido en febrero de 1564, pero bueno es que nos haya dejado el cúmulo de su genio cuya obra sobresaliente, la pintura de la bóveda de la Capilla Sixtina, en El Vaticano, nos lo recuerde para siempre, como un genio no solo de la pintura, sino de la escultura, la arquitectura y la poesía…
Su memoria es simple y llanamente inolvidable y aunque parezca paradójico, con su muerte Michelángelo ganó la inmortalidad.

El portal desde el que Miguel Cantó Solís viajó a la eternidad, con sus dos cinturones mundiales de peso mosca. (Foto de Mariano Quintal Yam).
El pasado 17 de este mes, dio el eterno adiós, pero nos dejó su arte, otro gran Miguel Ángel, éste Canto Solís, el Maestro o el Maestrito, por su baja estatura, un metro con 54 centímetros, pero a quien sus antagonistas no podían “cazarlo” en el ring y de ahí el mote de Maestro.

Miguel Canto, como se le conoció, “pintó” excelsas obras de arte en los encordados en el mundo de fistiana, el arte de la defensa personal que era una carnicería, cuando dos combatientes peleaban a puño limpio y “hasta que el cuerpo aguante”, que duró cuando llegó el noveno Marqués de Queensberry, noble italiano, inglés posteriormente, 20 de julio de 1844-31 de enero de 1900, quien reglamentó esa singular actividad, con las diversas categorías, para que un gigante no se enfrentara a una persona de talla baja o peso inferior. Además, indicó que deberían de usarse guantes y que los asaltos fueran de 3 minutos con uno de descanso. Fue entronizado en el Salón Internacional de la Fama del Boxeo en 1990.
A Miguel Ángel Canto tuve la fortuna de conocerlo desde sus inicios allá en la Plaza de Toros Mérida, escenario de una de sus primeras conquistas, el título nacional de su categoría, en enero de 1972. Sin embargo, su inicio, aseguró éste en alguna ocasión, fue por donde vivía, en el fraccionamiento Lourdes.
En las vueltas de la vida, ahora como periodista siguió mi contacto con él y con su manejador don Jesús Choláin Rivero, quien inició con Miguel -cuando éste peleó el 2 de junio con Mario, la “Diabla” García. Si mal no recuerda este tundeteclas el primer mánager de Miguel fue Antonio “El Zorrito” Franco.
Con Miguel y don Jesús Rivero sostuve muchas y sabrosas pláticas; don Jesús, cimentando su ausencia de Dios, pero con una cultura extraordinaria, quizá tanto como sus conocimientos boxísticos que lo llevaron a manejar a campeones mundiales como Óscar de la Hoya, “Archie” Solís, el “ Chololo Larios y el “Coloradito” Solís, además de Miguel Canto.
Poco antes de las 6 de la tarde de ese lamentable 17 de abril acudí a la funeraria Perches, a darle el postrer adiós a un gran hombre, una gloria del boxeo, que vivió sus últimos días lejos de la grandeza y la gloria que conoció en tiempos pasados, al igual que de los millones que ganó en sus batallas por los encordados, millones que, una parte de ellos quedó en manos de uno de sus “amigos”, Nicolás Madáhuar, como el mismo Canto declaró a un medio periodistico nacional…
El resto de su gran fortuna ganada en los encordados quedó en manos de otros amigos y pésimas inversiones. Muy enfermo al final de sus días conoció de la mano amiga para salir adelante.
Muchas cosas de este gran campeón se me quedan en el tintero, aunque no podré olvidar nunca la coronación de Miguel Canto ante el japonés Shoji Oguma en aquel 8 de enero de 1975, cuando este tundeteclas ya estaba en Novedades de Yucatán, en donde fui titular de la sección deportiva.
También me tocó ver su caída del trono, ante el coreano Chan Hee Park desde el mismo medio periodístico el 18 de marzo de 1979. Miguel Canto tuvo 61 victorias, 15 de ellas por nócaut, 9 derrotas y cuatro empates, para un total de 74 batallas en los encordados.
Después de presentarle mis condolencias a su viuda Irma Rodríguez, quien amablemente platicó con este tundeteclas, me retiré de la funeraria todavía con los recuerdos vividos con Miguel y don Jesús Rivero, quien ya habrá comprobado lo equivocado que estaba, o no, con respecto a Dios, y podrá reunirse con uno de sus pupilos inolvidables, Miguel Ángel Canto Solís, quien con su muerte entró a la inmortalidad, a pesar de las creencias religiosas de don Jesús.
Descansen en paz mis buenos amigos…















